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La Perspectiva Femenina de la Vida
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Como la enfermedad del insomnio

Yo digo que si mañana algún hecho improbable dejara a todos en sus casas, de todas maneras las calles gritarían el estruendo rutinario de nuestras bullas. Así es el hábito, llegamos a las tres de la tarde sin darnos cuenta de las dos. Y si la calle es el escenario acostumbrado, tampoco tendría por qué percatarse de la posibilidad del silencio.
Ayer pasó y resultó ser igual al ayer de dentro de una semana y al 31 de cualquier mes del 2001. Como que las cosas se diluyen en su presencia misma, se debilitan y se destiñen, o comienzan a mimetizar con el fondo de la memoria hasta quedar invisibles. Ya no siento el desayuno y no es que yo esté triste, es que lo extraño porque sé que un día, también mimetizado, tuvo un sabor y al calor del huevo le daba por enredarse con el aire de mi nariz. Ya no sucede, sólo a veces el café es necio como su insomnio pero hasta él se cansa de insistir en que es negro. Si el mismísimo amor del que tanto hablamos, cuántas veces lo hemos visto excusarse con que cambiamos y que por eso se convirtió en el zalamero de la cama y no que se hartó del reloj y que por eso se arreó contra algún segundero. Pero es más fácil aceptar eso que aceptar la invariabilidad de nuestras voluntades.
Recuerdo también una vez una canción que disfrutaba ponerme a llorar y yo le hacía caso, me gustaba no tener idea del por qué, era una sensación como de niño que sigue al instinto de jugar sin escuchar motivos. Pero el mentadísimo tiempo volvió a entrometerse; las notas afligidas ahora se parecen más al melodrama de la novela mexicana, las percusiones que antes jugaban a revolcarse entre el pulso, su antes, su después, su silencio y su contratiempo son como el tedio de esos indecisos que nunca ponen acuerdo. La canción ya no evoca a nada y resulta más ridícula cuando intento regresarla a su estado natural. ¿Por qué será que al tiempo le da por meternos en esa caja?
Tal vez formular esa pregunta es el error. El tiempo parece el culpable pero siempre ha sido más fácil señalar que señalarse. Y creo que justo ahí está la abertura de la caja. Afuera: en el tiempo, en ver los segundos y para no aburrirlos, adornarlos con relojes bonitos, con manijas de ratón y números de queso. Por ver siempre hacia afuera y aburrirnos de esa pared que sostiene al reloj. Hemos visto tanto hacia allá que terminamos creyendo que el reloj es el tiempo, o que los billetes son el dinero, o que la inteligencia es la memoria. No miento, muchos creen que quien recuerda es muy inteligente pero si la memoria es lo que está más afuera. Es la punta de la pirámide. Si la memoria es la herramienta de la inteligencia y esta del conocimiento y este de la sabiduría, pero ¡qué va! Aquí ya fui muy adentro (faltó la espiritualidad), ya es oscuro y desconocido; mejor regresar a la superficie donde contestar bien el examen de Historia es inteligencia. Hasta eso, cuántos no creen que la nota del examen sea la manifestación matemáticamente directa de la inteligencia.
Bueno, el punto es que entramos a la rutina porque la rutina está afuera y no tenemos conciencia de adentro. No nos permitimos ir adentro, ni sabemos que existe. Los cinco sentidos son herramientas para sintetizar la realidad que sirve como maestra para el Yo. Pero no sabemos de Yo. Sabemos de los cinco sentidos y nos basta con eso; entonces, en lugar de ir adentro nos quedamos afuera, en el tacto de los senos, en el porte del auto, en el sonido de la voz, en el olor de la ropa y en el sabor de la carne. No digo que sea malo chinear a los sentidos pero sí creo que es catastrófico ignorar a tal punto el Yo que hasta terminamos aterrorizados de los siete pecados capitales.
Pongan atención a la cascada: estirada hasta las piedras verdosas que brotan de la tierra. En medio de su trayecto hay una roca que aguijonea su cuerpo y lo divide en dos. Su lado izquierdo llora más grueso que el hilo de la derecha. Mañana, la imagen será la misma. Esta cascada no se habrá recostado, la roca no habrá crecido y el agua seguirá mojada. Sin embargo, resulta que nunca vemos la misma gota de agua; cada instante la cascada se refresca. Afuera todo se ve igual, pero adentro, en el contenido mismo de su naturaleza el agua se va y le da paso al agua. La rutina está Afuera, en la inmovilidad de la forma, donde la cascada sigue cayendo de arriba hacia abajo, pero adentro es dinámico y nunca para y nunca es igual.
Yo digo que si seguimos viendo hacia afuera va a caer el segundo en él sí será el tiempo y esa tarde, el café tomará el color azulado oscuro del reloj, las paredes, las calles, el huevo, el queso y las rocas. Quizás tendremos que inventar oscuras máquinas azuladas que trabajen en destruir la rutina o etiquetaremos la vida como los enfermos del insomnio de Macondo. (imagen tomada de admingalion.hispavista.com)


