Samuel debía nacer el lunes 22 de febrero según los pronósticos de los médicos. Ese día me desperté con una mezcla de colores en mi alma, asustada, alerta, alegre; quería como salir corriendo y al mismo tiempo esperar sentada tranquilamente alguna señal de que ya era la hora. Transcurrió el lunes, en la noche al no percibir ninguna molestia tomé la decisión de ir a aplicar un examen a la universidad, desde que salí de mi casa, durante todo el trayecto, aunque iba acompañada por mi novio en el camino, y me venía hablando, solamente escuchaba en mi oído el pin pin pin, como si quedarán los últimos segundos para que estallará una bomba, que cargaba.
Martes tenso, miércoles muy tenso, jueves exageradamente tenso, me consolaba que el viernes tenía una cita en el médico, para mi sorpresa el viernes temprano cuando me presente al consultorio, el médico se encontraba enfermo y ese día no llegaría, obviamente no podía quedarme esperando, necesita que revisarán mi bebé, la desesperación me estaba ganando la partida. Me dirigí hacia el hospital para que me revisarán, el recorrido de ese bus se me hizo eterno, cada minuto asemejaba una hora, cada parada un siglo, no sé bien si era preocupación, temor, pero fue una confrontación directa con mi valor.
Viernes 9:45 a.m., me revisaban, 10:00 a.m. caminaba hacia la ventanilla para internarme, no sentía nada en ese momento, me quedé como en blanco. Después de todo el protocolo y de resignarme a la incomodidad de andar en bata de hospital, me hallaba en sala de partos, esperando que la dilatación aumentara, con una hambre exagerada (ahí no podíamos comer) y resintiendo las primeras contracciones del proceso. Miraba el reloj y parecía como si se riera de mí, al ver la ansiedad con la que lo miraba, como si eso ayudará a que avanzará el tiempo.
Las conversaciones poco alentadoras de mis compañeras de salón, no se hicieron esperar, unas decían no aguantar más, experimentar dolores atroces y tener ahí hasta tres días de estar esperando el nacimiento de sus hijos. Escuche de todo: una que tenía problemas de presión, otra era muy mayor y su rostro mostraba el temor que sentía, la que estaba a mi lado izquierdo cargada de un positivismo que no sé de dónde sacaba nos alentaba diciéndonos que hoy salíamos de eso, unas solamente lloraban y algunas se ahogaban en gritos.
Los médicos y enfermeras iban y venían constantemente, con rostros malhumorados, tímidos, alegres, confiados, simpáticos, odiosos, realizaban su trabajo y conversaban entre ellos, sobre el almuerzo, fantasmas, una excursión, compañeros de trabajo, experiencias con pacientes, solo por mencionar algunos temas.
A las 5:00 p.m. después de miles de revisiones y controles, sin comer absolutamente nada y estar ya cansada por las contracciones me enviaron al salón de prepartos porque no había aumentado mi dilatación, lo que me afecto emocionalmente y la preocupación y la tristeza se apoderaron de mi, quería llorar, pero el dolor no me lo permitía, durante toda la noche estuve pensando en si Samuel estaría bien, si esto era normal y en lo frustrante que sería experimentar dolores cada cinco minutos por largas horas y que al final al no dilatar lo suficiente tuviera que sufrir una cesárea. Los pensamientos estripaban cada conexión nerviosa de mi cerebro.
Sábado a las 9:05 a.m. un médico me dio la mejor noticia, como si hubiera ganado dinero o algo por el estilo, que había recibido en mucho tiempo, tenía 4 cm de dilatación, eso significaba que el proceso, aunque lento, avanzaba y tal vez este sería el gran día. Me enviaron nuevamente a sala de partos y aplicaron un suero con una dosis más fuerte que la de ayer y eran las 10:30 a.m. cuando los dolores empezaban más fuertes, prolongados y la dificultad para soportarlos aumentaba.
A partir de las 11: 10 a.m. y hasta las 2:00 p.m. experimenté las sensaciones más desagradables de toda mi vida, eran como convulsiones de todo mi cuerpo, tenía calor, no podía respirar bien porque el dolor me quitaba la respiración, tenía calambres, sentía como si me estuviera despedazando por dentro lentamente.
A partir de las 2:00 p.m. la experiencia creció de nivel de intermedio a extra avanzado, ya no tenía fuerzas… y era el momento en el que debía colaborar para aligerar el proceso. A las 3:31 p.m. me trasladaron a la sala de los nacimientos, bebé tardó en salir solamente diez minutos, en el instante que me lo entregaron en brazos y aunque veía un poco borroso, sentí una conexión como mágica y todo el sufrimiento lo dejé atrás, el amor que nos enlazó es algo que no es posible explicar en palabras.
Se podría decir que fueron veinticinco horas muy especiales, la labor de parto nunca la olvidaré porque al finalizar me dio el regalo más excepcional que he tenido en mis manos y que podré disfrutar durante toda mi vida.
