19/7/10

En un Rincón de San José...

Apenas se pueden apreciar las puntas de los edificios josefinos, es una mañana muy fría y el cielo se agachó en toda la ciudad por lo que las calles de las ocho de la mañana cargan una densa neblina que le da un aspecto nórdico a la metrópoli de este sábado de junio. Es el cuarto del mes y vamos para Rincón Grande a seguir con la nueva rutina de tomarles las fotografías a los niños para los gafetes que utilizarán en la VI Copa Municipal.
Cerca de 800 niños y jóvenes jugarán este torneo dentro de dos semanas en las sedes de Pavas y la Uruca. El departamento de cultura de la Municipalidad de San José inició hace 8 años un proyecto de escuelas de fútbol llamadas “Nuevos Valores” para dar un espacio recreativo y formativo a los menores que viven en los barrios donde corretean las drogas y los conflictos pandilleros con la desintegración familiar y la epidemia de pobreza.
A estas horas ya los menores han de estar entrenando pero nosotros todavía, estamos entre la neblina que humedece la embajada estadounidense y la zona industrial de Pavas mientras en la radio, Mario Mcgregor nos describe los primeros movimientos del fútbol en la Bahía Nelson Mandela. El plan de trabajo está divido, Juan Carlos y yo tomaremos las fotografías mientras Quisi pegará los afiches publicitarios del torneo infantil en alguna pulpería de la zona.
Siempre es fácil saber que llegamos por la mutación del paisaje, los ventanales lúcidos de los edificios son destituidos por pequeñas casitas deterioradas, los supermercados se transforman en pulperías adornadas por la publicidad anacrónica de semanas viejas, los cuadrantes casi perfectos de las manzanas están mordisqueadas por la irregularidad del terreno que en ocasiones deja una casa al borde de acantilados o del camino de un río. Verdaderamente es un rincón grande.
Distingo la plaza fácilmente porque los vestidores a su costado fueron pintados con el mismo verde, blanco y azul de Hatillo 4, Barrio Cuba o Plaza Víquez. Acá no hay neblina que opaque la vista. Nadie juega y parece que no hay intenciones de entrar a la cancha. Todos los jugadores están apiñados en el pasillo junto con algunas madres. Una conversación estropeada por el argot vulgar de la calle se escucha desde el medio del pasillo, son dos niños discutiendo sobre el Mundial de Sudáfrica. El grifo del agua mal cerrado destila gotas desperdiciadas entre las horas de la mañana, al frente se extiende la malla como un tejido de rombos plateados y a su espalda la cancha mal recortada cuyo zacate alto se acompaña en sus crestas de esa florcita morada que oscurece el horizonte justo en medio de las puntas del matorral y el primer indicio de cielo.
Juan se encarga de tomar la fotografía mientras yo le solicito al niño su nombre y, aunque muchas veces es obvio por sus caras, les pregunto a cuál de los cuatro niveles en que se divide la Escuela pertenecen. El primer nivel comprende niños de siete y ocho años; a esa edad sus ojos todavía miran con curiosidad, los mayores del cuarto nivel prefieren evadirnos. Los jugadores están muy inquietos y es muy difícil que nos presten atención. “Yo me llamo Ricky Martín” dice un niño a Juan tratando de burlarse pero mi compañero simplemente le sonríe y pregunta que si puede tomarle una fotografía. La mayoría ya han traído su foto pasaporte por lo que tomamos apenas cuatro imágenes. Nos dificultan el trabajo con sus bromas, algunos nos engañan sobre sus edades o sus nombres así que Enrique Ulate nos asiste. Es un hombre de canas en su cabello corto y bigote largo, encargado de esta escuela y según nos comentó nuestro jefe, uno de los grandes líderes de este proyecto “Nuevos Valores” con muchos años de colaboración.
“Ustedes no saben lo difícil que es trabajar acá, los padres de familia no quieren colaborar. Un día fui hasta la casa de un pequeño para pedirle a su padre la constancia de nacimiento de su hijo y éste me respondió que con los mil colones que utilizaría en esa constancia prefería utilizarlos para comprarse un puro de marihuana” nos dijo Ulate con un tono de tristeza que quería transportar hasta nosotros, se siente consciente de la posibilidad de brindarle un espacio más sano al niño en la cancha que pasando el día en su casa con un padre drogadicto y una madre alcohólica. “Otro padre de familia vendió el uniforme que al niño le habían donado.” Nos dice esto y nos recuerda que estas historias son la cotidianidad de los menores del Rincón Grande de Pavas.
Luego de escucharlo, Juan y yo vamos a conversar un rato con los niños mientras Quisi se queda con Ulate para entrevistarlo. Al principio, los pequeños apenas nos responden tímidos pero ninguno deja de mirarnos, aún los que está lejos de nosotros. “¿Ustedes son gringos?” pregunta Greivin, el primero en acercarse, Juan le responde que no y me comenta que ya es la segunda vez que un niño se lo pregunta. Greivin parece ser del tercer nivel, es muy amigable, habla y pregunta mientras sus manos inquietas se mueven dentro de su camiseta estirada. En menos de cinco minutos ya estamos rodeados y todos quieren contarnos sus historias de la cancha. Todas las historias que nos cuentan son sobre los goleadores y quiénes son los más malos. Robert siempre termina interrumpiéndolos para contarnos sus proezas en el terreno de juego.
—Yo una vez hice 44 series — dice Robert, moreno, estirado y de ojos capciosos.
—Yo apenas puedo hacer 2 — le respondo.
— ¡Dos! — grita otro niño. Fue la primera vez que nos habló y le dije que sí entonces me respondió que iría por un balón para comprobar mi torpeza. Nunca supe cómo se llamaba y nunca regresó con el balón pero quise recordarlo como “Saborío”; el nombre en la espalda de su camiseta.
— Usted es igualito a Messi — le dice Greivin a Juan.
— Jajá tiene razón — respondo — ¿Y sabe a quién me parezco yo?
— ¿A quién? — me pregunta Greivin.
— A Jesús.
Los niños se ríen y me nombran jugadores de fútbol a los que me parezco pero no reconozco ninguno. El portero está intentando series con una botella transparente llena de agua y de tapa verde pero solo logra dos patadas. “Mire ya está igual que yo” le digo y me responde con una risa ronca.
— Juegan de vivos porque tienen plata — me dice Robert unos minutos después; se refiere a niños de la Uruca contra los que jugaron un partido hace algún tiempo y pelearon en el campo de juego. Desde afuera nos llama nuestro jefe William Hernández pues debemos ir a la siguiente escuela así que chocamos las manos con todos los pequeños para despedirnos. Ya cerca de la buseta, otra vez dentro de la neblina se escucha lejos a los niños gritándonos: “Adiós Jesús, adiós Messi, adiós Jesús, adiós Messi…”

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